La promesa del cambio al sistema de justicia penal acusatorio en aquel lejano 2008, se hacía en aras de generar una percepción adecuada de la ciudadania y del mundo a la forma en la que México atendía los delitos que se sufrían dentro del país. En aquellos lejanos años la justicia mexicana sufrió dos golpes que sin duda pusieron en jaque a los operadores del sistema penal; el Caso de Florance Cassez y el documental Presunto Culpable.
Hoy, 16 años después del cambio del sistema inquisitivo al sistema acusatorio, nos encontramos con que se «cambió todo para seguir igual» y es que la mala praxis sigue vigente, nos encontramos con Ministerios Públicos que no investigan por miedo a sus superiores y Jueces que no Juzgan para evitar salir en los medios de comunicación. Entonces, ¿el problema es del sistema penal o de la sociedad? A consideración del que hoy tiene el uso de la tinta, es de ambos.
Como sociedad, no debemos de exigir solo sentencias condenatorias, debemos de exigir jueces que conozcan del sistema y que sean imparciales, que se siga velando por el debido proceso y si el Ministerio Publico no hizo bien su trabajo, que se le deje de corregir la plana en las audiencias. Exijamos Fiscalías competentes y Ministerios Públicos que investiguen, pues su función es el esclarecimiento de los hechos, no el generar sentencias desmedidas.
Muchas personas consideran que el fin justifica los medios, o aplicado al caso en concreto, piensan que el Tribunal de Enjuiciamiento debe sentenciar aún cuando la Fiscalía no hiciera adecuadamente su trabajo porque «es evidente que el imputado cometió el delito», dejando del lado la presunción de inocencia. Y aquí concluyo cuestionando a usted, amable persona que me regaló dos minutos de su tiempo, ¿Y si el siguiente fuera un familiar seguiría pensando lo mismo?
La integración de la inteligencia artificial en el sector legal ha dejado de ser una promesa de ciencia ficción para convertirse en una herramienta de trabajo diaria. En la actualidad, la IA no busca reemplazar al abogado, sino liberarlo de las tareas más mecánicas y repetitivas que suelen consumir horas de facturación. Desde la revisión de contratos hasta la gestión de grandes volúmenes de evidencia documental, estas tecnologías permiten que el profesional se concentre en lo que realmente aporta valor: la estrategia jurídica, la interpretación creativa de la ley y la empatía con el cliente.
Una de las aplicaciones más impactantes es el análisis predictivo de sentencias. Gracias al procesamiento de lenguaje natural, existen plataformas capaces de analizar miles de fallos previos para identificar patrones de comportamiento en jueces específicos o calcular las probabilidades de éxito de un caso determinado. Esto no solo optimiza la toma de decisiones, sino que permite gestionar las expectativas de los clientes con datos concretos en lugar de meras intuiciones. El abogado moderno ya no solo consulta códigos, sino que se apoya en algoritmos para anticipar escenarios y mitigar riesgos.
Sin embargo, este avance trae consigo desafíos éticos y prácticos que no pueden ignorarse. El uso de la IA en la abogacía plantea interrogantes sobre la privacidad de los datos, el secreto profesional y los posibles sesgos de los algoritmos. Es fundamental que los despachos adopten estas herramientas con una mirada crítica, asegurando siempre que la decisión final recaiga en un humano. La tecnología es un copiloto extraordinario, pero la brújula moral y el juicio crítico siguen siendo, y probablemente seguirán siendo, atributos exclusivamente humanos.